Estudiamos una materia para aprobar un examen, no por el hecho de aprender. Subimos una montaña por hacer pico, no por el disfrute del ascenso. Cocinamos un plato para servirlo en la mesa, sin deleitarnos en su preparación. ¿Para que corremos una maratón? Para hacer meta. En ese caminar hacia “un lugar” olvidamos que lo importante es el camino.

Vivimos en una sociedad que da tanto peso al resultado final, a alcanzar unos objetivos, que hace que nos olvidemos de lo más importante: el proceso. ¿Cuántas veces nos obsesionamos con un destino, con alcanzar una meta? Muchas personas sabias dicen que al final del camino todos esos objetivos y metas se vuelven carentes de importancia, superfluos, y que lo único que nos queda cuando nos enfrentamos al gran viaje del ser humano, a nuestra muerte, somos nosotros mismos.

Es bueno tener metas, así no nos sentimos a la deriva y nos permiten marcar una dirección en la vida, pero recuerda que lo más importante es disfrutar del camino y a-prender. Cada momento es un final y un principio.

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